7.10.09
28.7.09
Amenazas que prometen
desgarros.
El colmillo se hunde
abre la carne de la fruta
el beso lento absorbe el jugo
las manos apresan un cuerpo vulnerable
que se queja casi en silencio
y tiembla.
16.6.09
13.4.09
Cómo
así hubiera sido
dis.tin.to
dstnt
iio
otnitsid
todistin
tintodis
distInto
disTINto
absolutely different
/áb-sa-let-le.dí-frent/
por eso nos gusta el delorean
de back to the future
earth angel
goodbye.
25.3.09
humana jardinería

Porque es tan grande el patio, nadie se explica el sacrificio. Tramontina en mano, María Clemencia ejecuta su sentencia: "todos bonsai, porque así son más lindos". Quiebra, tuerce, amputa, serrucha, arranca, hace palanca. "¡Clemencia, María!". Se apura, se apura, ya viene la lluvia. "Todos bonsai, porque así son más lindos". Exhausta, embarrada, deja atrás la matanza. Una vez perfumada, arranca en tercera, ruidosa.
Piernas completas y cavado profundo para María Clemencia.
duda

otra vez el aviador
empeña su pellejo y se encomienda
rosario al cuello a aquellos cielos
-los otros-
que espera no sean como estos,
mercaderes de todas las torpezas.
16.3.09
cenicienta y el lobo

como siempre
vos barajás
vos cortás
vos repartís
y vos empezás a jugar
es que me encanta perder
y a vos te gusta tirar
piedritas a mi ventana
para que salga a jugar
tu hide & seek letal
(la cenicienta no quería entender
que el lobo feroz es de otro cuento)
solitaria ruleta de la estepa
fría siberia donde me escarcho
mientras sostengo la manzana
para un ebrio Guillermo
como siempre
vos barajás
vos cortás
vos repartís
y vos empezás a jugar
tampoco hoy te voy a encontrar
esta noche
disparame acá
9.12.08
no me vas a ceer, pero...

Era tarde. Le dio una mirada acusadora al reloj despertador que no había sonado, o él no había escuchado... daba lo mismo. Era tarde y rodó de la cama al piso mientras se le aparecía Inés, como un holograma, diosa posmoderna de trajecito sastre y despeinada, con toda su furia en el pelo, pero a tiempo, siempre puntual. Sobre todo ese día: era el día en que iban a firmar los papeles del divorcio. El espectro de Inés lo increpaba con el pelo y con los ojos, gruñendo tres palabras: “siempre igual, Pablo”.
En cuatro patas, dio inicio al rescate de zapatos debajo de la cama. Los negros tenían más polvo y pelusas que cualquiera de los otros pares. Los limpió con el cubrecama dejándolos impecables, uno al lado del otro, en espera.
Con medio cuerpo adentro del placard, comenzó el segundo rescate. El más difícil. “El traje gris, el traje que nunca llevé a la tintorería, con esa mancha de vino… Ay, Inés, Inecita, sorprendeme y que esté limpio”. Y ahí estaba, con la funda que conservaba la etiqueta que decía “Tintorería El Nuevo Nipón. Para el jueves, después de las 16 horas. Sra. Inés, Figueroa Alcorta 160, 8º A”. La obra de Inés, seis meses después de la separación, seguía agraciándolo, oficiando de ángel de la guarda del inútil, pensaba mientras se ponía la camisa, el pantalón, medias y zapatos.
Salió sin más del departamento y en el ascensor ultimó detalles: después del saco, aventuró los dedos en su frondosa cabellera que, después de una noche de sueños violentos, había quedado convertida en una peluca victoriana. La octogenaria del 9º permanecía inmóvil, arrinconada en el ángulo opuesto del ascensor para no entorpecer las maniobras, mientras lo espiaba por el espejo. Lo miraba con desprecio. “Vieja de mierda” murmuró mientras ganaba la puerta hacia la vereda y de pronto, lo inmovilizó una sospecha, el olvido infaltable en estas circunstancias: “¡La puta madre, el teléfono!” exclamó mientras registraba los bolsillos vacíos del traje. Como un tiro, rompió ese instante de quietud con pasos largos hacia el estacionamiento. Lo había olvidado, sí, en algún lado del dormitorio, pero ya era muy tarde para volver.
En el trayecto no se detuvo. Avanzó una cuadra por 9 de Julio respondiendo a todos los “buenos días” con un inmediato golpe karateka que bloqueaba toda posibilidad de un contraataque: “hola qué tal, estoy apurado”. Y en su cabeza, no podía dejar de lamentarse. Otra vez, aunque iba a ser la última, llegaba tarde. Esta razón había sido decenas de veces la que daba el puntapié inicial de sus peleas y ahora sería la chispa que iba a activar el tic en el ojo izquierdo de Inés y un aluvión de degradaciones verbales hacia su persona. Todo, por culpa de su fatal conflicto para cumplir cualquier compromiso.
La taquicardia se aceleraba al ritmo del segundero del reloj del estacionamiento que ya marcaba las 11. Repitió la fórmula “hola qué tal, estoy apurado” para eludir el sarcasmo tormentoso del dueño de la playa, quien lo esperaba ávido porque Belgrano había perdido bochornosamente el fin de semana. No lo consiguió. Se metió ferozmente al auto mientras resonaba el eco de la carcajada de don Guzmán y con pocas pero escandalosas maniobras, pronto estuvo subiendo rumbo al boulevard.
Donde Figueroa Alcorta se convierte en Marcelo T. de Alvear, escuchó las primeras bombas de estruendo. Una masiva manifestación de docentes, estatales y judiciales, apoyados por varias agrupaciones estudiantiles, le reclamaban con estruendo al gobernador Juan Schiaretti un “urgente aumento salarial”. Tuvo que estacionar en la esquina del boulevard y la cañada para continuar el trayecto a pie.
Comenzó a atravesar la multitud zigzagueando entre los manifestantes que le iban llenando las manos de panfletos. Él los derivaba automáticamente a sus bolsillos. Fueron tantos, que en sólo media cuadra llegó a adquirir el doble de su ancho. Mientras avanzaba, ensayaba lo primero que le diría al llegar: “no me vas a creer, pero…” y de pronto, pudo avizorar a un grupo numeroso de docentes que iniciaba una barricada quemando cubiertas y otros objetos a la altura de la Casa Radical. No iba a poder pasar. Su desesperación se acrecentaba. Llegó sofocado al foco del fuego. Decidió cruzar de un salto sumergiéndose en la humareda, pero las llamas se prendieron velozmente a su pantalón. Advirtió el calor en su pierna derecha y gritando, comenzó a zapatear para apagar las llamas. Dos judiciales que sostenían una pancarta con la frase “Aumento Ya” la dejaron caer para abalanzarse sobre un carro de panchos, de donde extrajeron sin permiso cuatro botellitas de gaseosa y agua mineral para rociar al bailarín. El dueño del puesto, un jovencito que creyó haberse ubicado en un lugar estratégico para las ventas, vio profanado su negocio por esos hombres corpulentos. Cuando estos extinguieron el fuego, volvieron a alzar la pancarta para alinearse con los manifestantes y él, extenuado, sucio y maloliente, pagó las bebidas y compró dos panchos, su merecido desayuno. Los pidió con lluvia de papas.
Faltaban cinco cuadras. Se tragó los panchos y prosiguió atravesando la multitud a contramano, abriéndose paso con una disonante consigna proferida a viva voz: “¡Estos zurdos de mierda, te convierten la ciudad en Kosovo. Váyanse todos a laburar!”
Era tarde. Le dio una mirada acusadora al reloj despertador que no había sonado, o él no había escuchado... daba lo mismo.
Fin.
21.11.08
caramelos

Científicos del Conicet radicados en la facultad de Ingeniería Química de la Universidad Nacional del Litoral, descubrieron en las golosinas un combinado adictivo con efectos alucinógenos irreversibles que serían la causa de la hiperactividad, ansiedad, euforia, irritabilidad, violencia y déficit de la atención en los niños de entre 2 y 14 años. Inmediatamente, alertaron a toda la comunidad científica y vaticinaron un porvenir funesto para las próximas generaciones. Por medio de la prensa local y nacional, el pánico se instaló raudamente en todo el país.
Como primera medida, el gobierno de la nación penalizó por medio de un decreto el consumo de golosinas, cerró la producción de dulces en todo el territorio nacional, prohibió su comercialización interna, interrumpió su exportación e importación y redujo la edad de imputabilidad de los menores a los 2 años, edad en la que- según la letra de la Ley 23.998 en su Art. 16, inc. 2- ya serían lo suficientemente habilidosos para adquirir dulces por sus propios medios, aún estando en condiciones de distinguir y acatar el “si” y el “no” en las voces de sus padres y tutores.
Por su trascendental labor, los científicos del Conicet radicados en la UNL recibieron el Premio Nóbel de química. Cuando estos regresaron al país, fueron apedreados por hordas de niños que los aguardaban en Ezeiza. Pero esto fue el comienzo. En pocos días, Arcor, Georgalos y Ferrero se declararon en quiebra y ésta se expandió por todo el sistema solar articulado en torno a aquellas. Desaparecieron los quioscos y los vendedores ambulantes de las plazas y los cines. Los odontólogos, que habían sido hasta ahora enemigos acérrimos de los dulces, viendo afectado su negocio al perder tan importante sector del mercado, encabezaron los reclamos organizándose para elevar recursos de amparo al gobierno de la nación. Se cerraron los Colegios de Odontólogos y ellos, buscaron afrontar el conflicto adquiriendo taxis y remises. La crisis argentina repercutió en el mercado global de alimentos. La prensa mundial señalaba en las primeras planas el “Efecto Dominó”. Pronto, las golosinas se prohibieron en casi todos los países de la Comunidad Europea, Asia, Africa, Oceanía y el resto de América.
Los niños, que durante prolongados periodos de exposición a esta sustancia habían desarrollado una fuerte dependencia, ingresaron masivamente en periodo de abstinencia. Se pusieron rabiosos. La destrucción se transformó en huella de sus pasos. Primero sus hogares y luego, la vía pública. Plazas, veredas, alumbrado público, paredes y paradas de colectivos se convirtieron en el blanco de esta escalada de cólera infantil.
Fue vertiginoso el nacimiento de la producción y venta clandestina de drogas ilegales; y su correlato, el aumento del crimen. Los niños transformaron habilidosamente juguetes inofensivos en armas de guerra. Hubo ajustes de cuentas entre niños, riñas callejeras donde lo que estaba en juego, la mayoría de las veces, no era más que una pequeña dosis de caramelos y chupetines. Los patios de los jardines de infantes y las escuelas dejaron de ser los lugares seguros donde reinaban el juego y la alegría.
En respuesta a esto, el gobierno nacional instó a los gobernadores de las provincias a redoblar los controles policiales. Las cárceles se poblaron de niños calvos, flacos, ojerosos y de encías retraídas que imploraban con gritos asesinos la sustancia prohibida.
En pocas semanas, desarrollaron notablemente el olfato y pronto fueron capaces de percibir el dulzor de la sangre.
Comenzaron por sus mascotas. Organizaron fiestas clandestinas en donde realizar los sacrificios para engullirlas, bañados en sangre. Y siguieron por sus padres.
Fin.
venganza

“Santificar la venganza, dándole el nombre de justicia.” *
Te estoy plagiando, Federico.
Esto es violento y es humano,
demasiado humano.
La violencia dionisíaca
ese deseo por los placeres deshonestos
la saciedad que no se alcanza
sino con las manos sucias…
también es humano.
Tanto,
como el amor, la risa y el escándalo.
Acabar con la vida
como forma de la vida
pasión que es sed desenfrenada
la humana sed de venganza
la vida
la vida que puja
por nacer de la muerte…
Te estoy plagiando, Federico
y esto es humano, sí
como la baba,
esa baba venenosa de los jueces
y de los sacerdotes
que nombran la verdad y la justicia.
Propensión natural a la muerte,
igual que a la vida
antagonismo constitutivo de lo que fuimos siempre
aunque todos los párrocos y sus puritanos
lo condenen, sí
con la boca, articulando las palabras, sí
la boca
la misma que a escondidas
lame la sal prohibida de los cuerpos calientes
y mata.
¡Pero atención!
Lo mismo que aquí se condena,
incinera, más allá
la carne de los hombres-insecto
por dictado de los mismos jueces y los mismos sacerdotes.
Le llaman “justicia”
pero sépanlo, es venganza.
¿Y qué pasa cuando el hombre intenta sacarse
el chaleco de fuerza?
¿Cuál es el crimen?
¿Y cuál, el castigo?
Vos sabés.
Contestame, Federico.
* F. Nietzsche, Genealogía de la moral, 1887.
11.10.08
urgencias

Subiendo por las piernas
tengo enredado
el deseo urgente de tus manos.
Buscando evocarlas
otras manos
(las mías, las de otros)
renuevan sus fracasos.
19.9.08

Imagino que bailar con todos
es una forma de hacer el amor con todos.
Ahora lo estoy haciendo con vos.
Estoy segura
de que con la misma suavidad
con la que me invitás a hacer un boleo
para terminar, después de un giro
sentada en tu rodilla
así,
me abrirías las piernas
subiéndome a tu regazo
para mecernos con la cadencia del tango
recreando por momentos una lucha
y de a ratos, un cortejo
hasta caer acabados
al tiempo que se extinga el bandoneón
en un último gemido.
14.9.08
persistencia

Todavía, demasiado
todavía, todavía
cuánto, demasiado, todavía
mucho, demasiado
aún, todavía
ayer todavía y hoy
y sé que mañana todavía
todavía, adentro, agarrado
yo te dejé ir y todavía
no sé si te quedaste o todavía
yo te retengo, no sé, todavía
demasiado, por qué, todavía
me fuí, estoy tan lejos
y sin embargo, todavía, demasiado.
9.9.08
las 12

¿Sabe de mi oficio de pescador?
¿Sabe que preparo la carnada a pura intuición buscando dar con el plato favorito?
¿Sabe que expandió sus territorios?
¿Sabe que su silencio me acaricia?
¿Sabe que la arena cae perpetua en mi reloj?
¿Sabe que busco mi reflejo en sus ojos de rayos catódicos?
¿Sabe que me dejo empapar por su tormenta?
¿Sabe que me cuenta sus sueños con su voz que me inventé, y con sus manos, otra invención, hace olas en toda mi superficie?
¿Y que camino por la cuerda floja del delirio?
¿Y que quisiera que usted quiera…
¿Y que me costaría mucho menos pedirle disculpas por el atrevimiento, que dejarme todo esto adentro?
Cinderella, para el lobo feroz.
(del libro Realidad virtual, ilusión y desencanto)
4.9.08
logaritmos

Dijo que no le importaba, con su característica sonrisa desafiante, sabiendo que esa frase anulaba toda posibilidad de respuesta. Conocía las formas para desplazarse -aunque fuera por un instante- desde su posición de alumno que debe obedecer, a la del amo que somete. Jugaba. Lo dijo de nuevo:
- No me importa, póngame otro uno.
Y le sonrió. Pero esta vez agregó:
- Si me la llevo, voy a venir a verla a usted en el verano.
- ¿Y en el verano piensa estudiar? Porque tampoco va a aprobar en marzo si no estudia, ¿sabe?
Le respondió con un leve temblor en la voz.
- Si tampoco apruebo en marzo, voy a tener que volver, ¿no?
Sabía poner nerviosa a la novata que aún no aprendía a doblegar a esos jóvenes que se encontraban en el momento de mayor productividad glandular.
- Cuando toque el timbre, me va a acompañar a la dirección.
Resolvió con esforzada solidez, mientras volvía a darles la espalda a los alumnos para terminar de escribir los ejercicios en el pizarrón. Después se sentó en el escritorio y comenzó a completar el libro de temas. Impotente, apretaba la birome contra el papel. Había escuchado las risas contenidas de los otros alumnos y en seguida, la bronca viraba a frustración: su autoridad, aplastada bajo el pulgar de un irreverente púber. Sentía que había hecho el ridículo.
Los alumnos trabajaban con el desgano habitual, esta vez, combinado con algo de disgusto, atribuible a la proximidad del día de la evaluación y a la complejidad del tema: logaritmos. Los observaba masticar los capuchones de sus lapiceras, rascarse confundidos y consultar en voz baja a los que siempre saben. En el recorrido visual, un punto en el aula había adquirido un peso particular como consecuencia del episodio que aún le hacía agitar con furia el zapato debajo del escritorio.
Evitaba posar los ojos sobre el alumno de la cuarta fila contra la pared. Pero su pelo rubio se le filtraba por el rabo del ojo y sus movimientos le resultaban más vivos. Sin mirarlo directamente, podía notar hasta sus mínimas vibraciones. El peso de este punto en el espacio logró atraer finalmente su mirada hacia él. Quebró su resistencia. Lo miró fugazmente, pero fue suficiente para ver que él también la miraba. La estaba contemplando: la cabeza apoyada en una mano y la boca entreabierta con tal desvergüenza que dejaba ver la punta de su lengua húmeda. La mano restante se perdía detrás del banco, quizás entre las piernas.
Resopló. Ahora su irritación seguramente era evidente para el joven espectador. El hastío se hacía incontenible. Se sacó los anteojos para evadir el momento, entregándose a la miopía. Inesperadamente, comenzó a disfrutar de aquella paleta de pintor en la que había quedado convertida el aula, donde predominaba el verde intenso de los uniformes, mezclado con el negro de los bancos y un indefinido guiso de otros diversos colores, en más pequeñas proporciones. Suspiró en el silencio perdiéndose en aquel cuadro que la cautivaba y distendía a la vez.
- ¿El logaritmo de 81 en base cero es igual a uno, no?
La pregunta proveniente del primer banco la arrancó sin consideraciones del edén estético en el que había conseguido guarecerse.
- Por supuesto, señor. El logaritmo de cualquier número en base cero es igual a uno. ¿Pero por qué no revisa el libro, por favor?
Se había vuelto a colocar los anteojos. Con la nitidez, retomó su función de faro vigía. Esta vez, lo hacía mientras iniciaba un circuito aleatorio entre los bancos. Se detuvo en el fondo del aula. Estaba de frente a las espaldas que le daban la espalda, encorvadas sobre las hojas cuadriculadas. Y nuevamente aquel alumno recobró su fuerza gravitatoria en el espacio del aula. Se sorprendió a si misma imaginando sus dedos escurrirse suavemente en aquel sedoso pelo rubio. Avergonzada, quiso reformar sus pensamientos figurándose cómo lo abofetearía, con la misma fiereza de quien ansía escarmiento.
Entretanto buscaba disipar sus fantasías, el alumno volteó para mirarla, estaqueándola contra la pared del fondo.
- ¿Le puedo hacer una pregunta?
- Dígame.
Inesperadamente, se levantó e inició el recorrido hacia el fondo. Los alumnos continuaban concentrados en los logaritmos. Traía la hoja cuadriculada. Ella aguardaba contra la pared, inmovilizada por su mirada. Se colocó frente a ella, muy cerca. La corta distancia bien podía explicarse por el reducido espacio entre los bancos y la intención del alumno de seguir de cerca la corrección de la profesora. No le dijo nada.
- ¿Así está bien?
Tomó la hoja. Después del mareo inicial que le generó ese mar de trazos desprolijos que debía representar números y símbolos, comenzó la inspección. Un delicioso perfume varonil emanaba tal vez del tierno cuello, obnubilando la concentración necesaria para revisar el ejercicio. Inspiró profundamente. Aquella fragancia la poseía silenciosa, con la discreción de un experto asesino. El ligero roce de la ropa comenzaba a despertarle la piel de todo el cuerpo.
- Qué letra de médico...
Murmuró para disimular su secreto deleite. Repentinamente enlazaron las miradas. Los ojos acudían sedientos a los labios. Gozaban de la inmunidad de aquella frágil intimidad que los habilitaba casi para todo tipo de excesos. Mientras ella seguía sosteniendo la hoja con las manos, él apuró las suyas, arrojándolas contra su vientre por debajo de la hoja, lejos la mirada de todos. Rodeándola, la tomó por la cintura. Rápido, avanzó hacia el norte de aquella ansiada geografía. Ciñó sus pechos con nerviosa torpeza y ella, no pudo evitar que tan placentero dolor detonara en su rostro, abriéndole la boca con un gemido mudo, contenido. Estaba segura de que esas manos habían advertido la dureza de sus pezones y deslizó instintivamente una de sus rodillas entre las piernas del alumno, acariciándolo.
- ¡Esto está muy mal! Exclamó rompiendo el trance.
Él se inmovilizó, ofreciéndole ahora una mirada suplicante, mientras el timbre del recreo daba inicio al ruidoso movimiento que en algunos segundos comenzaba a vaciar el aula.
- ¡Salgan todos! … Menos usted, Ramazzotti. No sale hasta darme toda la lección de logaritmos.
Fin.
29.8.08
22.8.08
le dije
Hasta que me dejes entrar a tu vida
Por la puerta de tu cama.
como pulgas,
me irritan los ojos.
Palabrazos en los ojos,
verbazos, sustantivazos.
Tus palabras pican en los ojos,
Tengo las ronchas
de sus aguijones.
Me rasco violenta.
No lloro,
es comezón.
obsesivo
abstinencia literaria
Abstinencia. Los síntomas aparecieron minutos después de haber decidido no asistir al encuentro de este viernes. Los señaladores salieron sigilosamente de donde los había colocado cuando elegí lo que iba a leer. Lo hicieron despacito para que yo no lo notara. Pero los vi, los vi. Los vi acercarse. Me hice la distraída y corrí a encerrarme en el baño, “ja, si claro, ahora resulta que los papelitos estos tienen vida y me van a morder los deditos de los pies, ja, ja...qué chiste, si, claro” pensé.
21.8.08

Acróbatas de laboratorio
ensayan los brebajes del olvido.
Algunas renuncias envenenan.
Las ratas te engullen
siempre por la izquierda.
Los amantes tienen miedo.
Hacen el amor con la punta de los dedos.
Los viejos vuelven a ser niños,
niños gigantes
que usan
caminadores y pañales
niños con reuma, jorobas, artrosis.
Les cortamos la carne bien chiquita
los fideos, las verduras chiquitas.
vuelven a aprender todo
o casi todo…
Le cuento y le cuento
lo mismo, lo mismo
“Se llama Eduardo”
“¿Ricardo?”
“E-DUAR-DO”
Le explico y le explico
cómo se prende, cómo se apaga.
Lo reto, lo reto
"¿Qué te dije, abuelo?"
Le digo, le digo
"Está frío, abrigate"
Le alcanzo el vaso
pastillero, anteojos, bastón y bufanda.
Me dice que gracias con los ojos
que estoy grande, con los ojos
que no esté triste, con los ojos
que me quiere, con los ojos
que vuelva pronto, con los ojos
que vuelva, me dice…
Que no deje pasar mucho tiempo, que vuelva
que ya no quiere subir la escalera, que vuelva
que la casa es muy grande, que vuelva
que el silencio es igual de grande, que vuelva
que este invierno fue el más frío, que vuelva
que seguro mañana olvida todo otra vez, que vuelva
que los nietos no vienen, no llaman…que vuelva
Que cuando yo no esté…
Que cuando él no esté…
Que quién sabe si uno de estos días…
“Queda poco hilo en mi carretel”, me advierte.
“¡De nuevo con eso del hilo y el carretel!”, me enojo
Beso en la frente,
despedida.
Mirada de última mirada, la suya
y saludo lento con la mano.
Lo dejo.
Los viejos vuelven a ser niños
ellos nos necesitan como niños
nosotros los abandonamos
los viejos abandonados no salen en los diarios.
los que abandonamos viejos, tampoco.
decir de un dios
las lineas de las manos
un hombre que flota panza arriba
confiando en que hay designio
en la deriva.
amena entelequia de la imaginación
un placebo
vacuo bálsamo poético
pain killer
masturbación celestial
divina comedia!
Cómplices de lo inverosímil
monologan al viento
para la terca indiferencia
(el chabón está en estresha, siempre atiende el contestador)
¡Las vuestras también son fábulas, hombres del método!
Hay problemas para-siempre
jugamos al “Prueba y error”
hasta reconciliarnos con la muerte.


